Las costumbres peronistas se van perdiendo con el tiempo. O bien, se aggiornan al momento político que se vive. Sólo así puede explicarse que la CGT no haya organizado un masivo acto hacia Plaza de Mayo para reivindicar los derechos de los trabajadores en una jornada "festiva". Tampoco hubo una muestra de solidaridad por parte del Gobierno. La presidenta Cristina Fernández dejó saludos a través de la red de microbloggingTwitter, aunque muchos trabajadores hubieran preferido que, en el "Día del Trabajador", el Gobierno nacional les "regale" la suba del mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias. Tal vez así hubiera dado una muestra de que la voracidad del Estado no es tanta. Y que esa máxima de los recaudadores ("los que cobran más pagarán más") se cumpla a rajatabla. En el zoológico fiscal caen todos por igual; desde los leones hasta los más indefensos animalitos de la selva tributaria. Casi tres millones de asalariados están condenados a pagar Ganancias. Y la historia es tan trágica que, en muchos casos, los aumentos en sus remuneraciones que -en principio deberían contribuir a paliar la inflación reinante- terminan siendo absorbidos por el fisco. Pero, si hay pobreza que no se note. El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) sigue recitando que con $ 1.400 se elude el penúltimo escalón de la pirámide socioeconómica -el último es la indigencia-. Hoy una familia tipo precisa no menos de $ 50 diarios para poder alimentarse. Ojo, en este contexto, está prohibido enfermarse. Ni darse lujos de salir a comer afuera. La pobreza, como el desempleo, es un problema que se disimula con estadísticas oficiales. Pocos creen que uno y otro flagelo socioeconómico se encuentren por debajo del dígito en Tucumán. Tal vez los planes sociales o laborales contribuyan a mejorar las tasas significativamente, pero ni la pobreza ni la desocupación tienen certificado de defunción. Más bien, se trata de un contrato con plazos renovables, en la medida que haya dinero para solventar programas sociales. No obstante, la economía argentina ha mejorado en los últimos nueve años, aunque en estos tiempos se discute si la actividad está en una meseta o pronta a caer.

José Alperovich mira la realidad socieconómica argentina desde una loma. Más precisamente desde la residencia que el director de Registro Civil, Dante Loza, posee en Raco. Allí se recluyó el gobernador tucumano para celebrar el Día del Trabajador junto con los más estrechos colaboradores. No hubo sindicalistas -como a otros mandatarios les gustaba rodearse cada 1 de Mayo-; el diálogo con los gremialistas se canaliza a través del ministro de Gobierno, Edmundo Jiménez. Sólo una veintena de funcionarios y legisladores que componen el elenco estable del alperovichismo disfrutó del asado que se ofreció en esa casona con una amplia loma. En esos encuentros, cada vez se habla menos de política. Pocos son los que se atreven a iniciar una charla sobre temas tan espinosos como la reforma constitucional, la continuidad del proyecto político o el rumbo que adoptará la gestión con tantas transformaciones dentro del kirchnerismo. La Cámpora aparece como una agrupación de cuidado para el mandatario. De eso no habla. O habla poco. Ya no se muestra tanto como aquel gobernador que tenía las puertas abiertas, de par en par, tanto en la Casa Rosada como en Olivos.

Esa loma de Raco, en la que se recluyó ayer Alperovich, es casi una metáfora de lo que le sucede a la gestión provincial. Un gobernador acostumbrado a las alturas teme que deba descender hacia un lugar aún inexplorable: la frialdad en el trato por parte de los políticos patagónicos, en un marco de ingresos fiscales cada vez menor. Es el peor escenario para ingresar a 2013, un año de elecciones parlamentarias.